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A lo largo de los últimos treinta años, Madrid ha sido
escenario de momentos tan intensos como fugaces en cuanto al arte electrónico
respecta. La cartografía de estas tres décadas describe
un paisaje discontinuo donde se intercalan parajes frondosos y desérticos,
grandes cantos corales, voces apenas audibles y silencios espesos.
No obstante, de la memoria de este tiempo
podemos rescatar una suma de momentos emblemáticos. Para ello,
propongo recorrer algunos de sus puntos de encuentro; atravesar cruces
de caminos, observar los callejones sin salida, o señalar tendencias
y actitudes aparentemente inconexas, pero ineludiblemente interrelacionadas,
aunque sólo sea por la condición contestataria de las propuestas.
Siendo cierto que el término arte electrónico abarca tanto
el campo del arte sonoro como el de las artes visuales, el presente recorrido
se centra en la parte (audio)visual. Aún así, la condensación
de treinta años de actividad artística en unas pocas páginas,
tan sólo puede entenderse como una apreciación parcial y
fragmentada que intenta esbozar y exponer el papel catalizador de determinados
momentos y lugares, así como algunas de las personas que han sabido
dar vida y continuidad a estas iniciativas.
Siguiendo un orden cronológico, podemos ubicar los inicios del
arte electrónico en Madrid entre 1968 y 1972, coincidiendo con
los intensos debates y propuestas en torno al arte y la cibernética
en el ámbito internacional (1). Las actividades promovidas por
Robert Rauschenberg a través de la E.A.T. (Experiments in Art and
Technology) o la exposición de Pontus Hulten The Machine as Seen
at the End of the Mechanical Age en el MOMA de Nueva York; exposiciones
como la de Cybernetic Serendipity en el Institut of Contemporary Arts
de Londres, en 1968, o la muestra de Computer Art en la Bienal de Venecia
de 1970, señalan momentos de apertura y diálogo entre los
ámbitos tecnocientíficos y artísticos. Los nuevos
conocimientos científicos acerca de la teoría del caos,
de la termodinámica o la cibernética encuentran un campo
de resonancia en las experiencias plásticas y visuales de aquella
época.
En este contexto de efervescencia interdisciplinar de los años
60, el Centro de Cálculo de la Universidad Complutense de Madrid
inicia una serie de encuentros y actividades con matemáticos, programadores
y artistas plásticos. Artistas como Elena Asins, Manuel Barbadillo,
Manuel Quejido, Eusebio Sempere, Soledad Sevilla o José María
Yturralde forman parte de los sucesivos seminarios titulados Generación
automática de formas plásticas y Formas computables, siendo
el Ateneo de Madrid en 1971 una de las primeras salas en exponer las pinturas
y obras gráficas generadas por ordenador (2).
Ese mismo año, la exposición de Antoni Muntadas en la Galería
Vandrés constituye la primera experiencia videográfica en
el ámbito galerístico madrileño. Mientras los artistas
vinculados al Centro de Cálculo de la Universidad de Madrid exploran
los sistemas operativos y el lenguaje del ordenador, Muntadas investiga
los distintos sistemas operativos del cuerpo a través de sus Acciones
Subsensoriales (3) documentadas en vídeo. Los resultados de sus
análisis señalan las cualidades del propio devenir, mientras
las investigaciones estructurales e infográficas de artistas como
Elena Asins están más cerca de la visualización de
un orden numérico armonioso y relacional de las formas.
Salvando las diferencias entre las primeras experiencias plásticas
por ordenador a finales de los 60 y las primeras acciones videográficas
a principios de los 70, podemos, no obstante, observar una serie de coincidencias.
Y es que ambas experiencias se basan en el análisis del sistema
operativo, sea el de un programa informático o el del propio cuerpo
humano. Igualmente, el proceso de investigación e (inter)acción
con la máquina o con el cuerpo, tiene, en ambos casos, prioridad
sobre el resultado final, sea un cuadro o un vídeo.
Inicialmente, el vídeo se presenta como elemento auxiliar de registro
en las acciones y performances y no es sino a finales de los 70, cuando
el vídeo comienza a independizarse de esta condición. En
las primeras obras de Pedro Garhel (1979) podemos observar la transformación
del vídeo como medio de registro a un medio de creación
autónomo. En la intersección del espacio escénico
y el espacio visual, se articulan nuevas lecturas acerca del concepto
de lo real y de su representación mediática. Esta misma
idea subyace también en el telediario imaginario Koloroa, la primera
obra videográfica de El Hortelano en 1980. El tiempo lineal de
la acción se condensa y expande, se fragmenta y simultanea, experimentando
la variabilidad de su fluir como un elemento plástico en la propia
generación de la obra.
El sujeto y la acción real tratan de reubicarse en nuevas coordenadas
espacio-temporales. El tiempo se convierte en una de las materias primas
del arte electrónico. Decía Paul Virilio que el tiempo es
volumen y profundidad de sentido (4) y es precisamente este volumen el
que se vuelve programable y moldeable. De hecho, las distintas cualidades
del tiempo - real, mediático, histórico, biológico
o psicológico- y los espacios de interferencia que generan entre
sí, fueron, entre otros, los principales temas de las vídeo
instalaciones de Concha Jerez a lo largo de los años 80.
No obstante, hasta 1984, la presencia del arte electrónico en
Madrid fue tan escasa como significativa. Aparte de la puntual experiencia
en el Centro de Cálculo (1968/72) y las exposiciones de A. Muntadas
(1971, 1974 y 1981), se celebra un primer Encuentro sobre el vídeo
como medio de arte y comunicación en la Galería Buades (1974),
al que asisten René Berger, Juan Manuel Bonet, Simón Marchán
o Alberto Corazón; y un seminario sobre el mismo tema, celebrado
en 1979 en el Instituto Alemán.
A mediados de los 80, el panorama cambia considerablemente. La revolución
tecnocientífica encuentra su máxima expresión en
los medios de comunicación de masas y el discurso artístico
no queda al margen de esta situación.
En 1983, la Facultad de Ciencias de la Información organiza una
serie de muestras y seminarios en torno a la videocreación. Un
año más tarde, Juan Antonio Lleó realiza una de las
primeras animaciones infográficas. En 1984 se celebra el I Festival
Nacional de Vídeo en el Círculo de Bellas Artes. Con ello,
se despierta en Madrid un interés sin precedentes por la videocreación,
tan sólo comparable con las expectativas que el net art suscita
a finales de los 90.
El mencionado festival de vídeo presenta numerosas producciones
videográficas. Aparecen las óperas prima de autores como
Antonio Cano, José Ramón Da Cruz, Vídeo Doméstico,
Gabriel Corchero, Javier Codesal, Raúl Rodriguez o Xavier Villaverde,
acompañadas de entusiastas declaraciones acerca de la revolución
del vídeo (Román Gubern) o exclamativos ¡viva la electrónica!
(B. Martín Patino)(5).
Los distintos escenarios madrileños acogen numerosas muestras
participadas tanto por el Ayuntamiento como por la Comunidad de Madrid.
El "yo veo" se convierte en el buque insignia de una generación
de jóvenes creadores, músicos, diseñadores, pintores,
estudiantes de Bellas Artes y de Ciencias de la Información que
viven esta eclosión de libertad con un entusiasmo que relega a
un segundo plano cualquier reflexión crítica. En el periodo
comprendido entre 1984 y 1987 reina un espejismo insultante de un devenir
incuestionablemente optimista para la cultura electrónica y digital.
La calidad de las videocreaciones de aquella época reside en un
nuevo imaginario espontáneo e intuitivo. La micropolítica
del deseo (Guattari) y la búsqueda de nuevas intensidades (Lyotard)
se manifiestan en el exceso de estrobos y ralentizaciones, colores saturados,
cuerpos desnudos, sexo, muerte y religión. Lo grande y lo pequeño,
la originalidad y las banalidades se trenzan en pequeños espectáculos
audiovisuales de máxima expresión. Encarnan la ingenua e
impulsiva expresividad de una juventud desbordante. La libertad de estilos
y lenguajes se plantea a partir de una superposición de espacios,
ritmos y estructuras narrativas discontinuas. La artificiosidad en las
obras de Antonio Cano, Javier Vadillo o Manuel Palacios son el espejo
de un efímero vivir en la gloria(5). Las expectativas, animadas
por un voluntarismo generalizado, encubren la precaria situación
de las infraestructuras de producción y distribución de
aquellos años.
A través de muestras y festivales de vídeo, el arte electrónico
de aquellos años crea sus propios circuitos de exposición,
al margen de los canales institucionalizados del arte, el cine o la televisión.
Los lugares más estables de programación son el Espacio
"P" o el Salón del Vídeo del Círculo de
Bellas Artes. Las iniciativas puntuales de la Facultad de Ciencias de
la Información, el Colegio de Arquitectos de Madrid o de Entropía,
sostienen momentáneamente una improvisada situación que
resulta insostenible a largo plazo.
Después del II Festival de Vídeo de 1986 en el Círculo
de Bellas Artes, se realiza en el Museo Español de Arte Contemporáneo
el Vídeo Forum Internacional y el Museo Nacional Centro de Arte
Reina Sofía (MNCARS) inaugura su sede, entre otras, con la exposición
Procesos, dedicada al arte y las nuevas tecnologías. La realización
de la Menina de Juan Carlos Eguillor da paso a una nueva generación
de obras infográficas en movimiento.
Al año siguiente (1987), el MNCARS celebra la primera retrospectiva
de la videocreación española, La Imagen Sublime, seguida
por sendas exposiciones monográficas de Marcel Odenbach, Antoni
Muntadas y Francesç Torres. A finales de los años 80, el
Instituto de la Juventud convoca los primeros premios dedicados a las
artes audiovisuales y comienza a exponer las vídeo instalaciones
de José Antonio Hergueta, Marcelo Expósito o Javier Codesal
en las respectivas Muestras de Arte Joven, Confrontaciones o Actitudes.
Estos mismo artistas forman también parte de la II Bienal de la
Imagen en Movimiento (MNCARS 1992) dedicada a los Visionarios Españoles.
Con éllos, aparece en Madrid una generación de jóvenes
artistas que proponen los nuevos discursos de principios de los 90. La
mayoría procede del Área de la Imagen de la Facultad de
Ciencias de la Información como Maite Cajaraville, Daniel Canogar,
Marcelo Expósito, José Antonio Hergueta o Javier Montero.
Otros como Mariela Cádiz, Itziar Jarabo, Sylvia Molina o Jaime
Vallaure salen de la Facultad de Bellas Artes de Madrid. Casi todos coinciden
en haberse profesionalizado en Estados Unidos, Inglaterra, Holanda o Alemania.
Obras como Los Bordes de una herida de Esther Mera o Epistolario: este
papel mi piel, esta tinta mi sangre de José Antonio Hergueta, marcan
el emergente tono discursivo de la imagen electrónica. Las palabras
comienzan a formar parte de nuevos paisajes frágiles y vulnerables,
de cuerpos heridos o árboles muertos, como en los desoladores parajes
de las obras de Gabriel Corchero.
De sus producciones desaparece la brocha gorda de la postproducción
digital. Por el contrario, ofrecen una renovada austeridad de lecturas
audiovisuales. Por una parte, articulan una nueva poética del sujeto
y de su entorno cotidiano; del cuerpo, de memorias inciertas y fragmentadas.
Por otra, llegan a convertir la imagen videográfica en un anexo
documental de un discurso despiadado contra la falacia mediática
y la programada amnesia inducida por distintos mediadores socio-políticos
y económicos.
En su conjunto, el principio de los 90 se caracteriza por un posicionamiento
crítico hacia la cultura del fast-food audiovisual televisivo que
supone un carpetazo a los flirteos entre el vídeo y la televisión,
no necesariamente por incompatibilidad estética o formal, sino
por una creciente incompatibilidad ideológica. La nueva competencia
entre la televisión estatal, las autonómicas y privadas,
imponen una ley de mercado regida por la máxima rentabilidad. Dentro
de esta lógica mercantilista, la audiencia ya no es tan sólo
destinataria de la emergente industria del ocio y del entretenimiento.
El espectador se convierte en un agente activo, así como en un
valor de cambio de los mercados de la comunicación.
A mediados de la década, el tecnoentretenimiento vuelve a ocupar
las primeras páginas de la prensa y la televisión local
y nacional de la mano del festival Art Futura. Celebrado entre 1994 y
1997, primero en el MNCARS y más tarde en el Centro Cultural de
la Villa y en el Círculo de Bellas Artes, reanima los discursos
tecnoestéticos de los 80 y el espectáculo promovido por
la industria transnacional de la comunicación y del entretenimiento.
Por otra parte, exposiciones como Arte Virtual (Metro Opera, 1994) o
el 5Cyberconf, celebrado en la Fundación Telefónica en 1996,
contextualizan las experiencias del arte electrónico en las actuales
coordenadas tecnocientíficas, socioeconómicas y culturales,
poniendo de manifiesto las nuevas relaciones y complejidades que subyacen
tras la era de la informática y de las telecomunicaciones.
Entre los primeros proyectos en el campo del arte interactivo figuran
las animaciones infográficas de "...dijo el monje", los
CD Roms de Sylvia Molina, Proyecto Beta o Campanilla, así como
las instalaciones virtuales de Maite Cajaraville, siendo esta última
cofundadora de conexión madrid (1996), uno de los proyectos pioneros
en Internet, dentro del ámbito madrileño.
Las propuestas en torno al sujeto herido, desgarrado e incierto que se
encuentran en los vídeos o fotografías de Esther Mera, Jana
Leo o Carmen Noguera, se suman a los nuevos discursos de la postidentidad
de sujetos protéticos y variables, planteados en los retratos digitales
de la artista madrileña Paloma Navares o en los objetos transgénicos
y mutantes de Marisa González.
La convergencia entre la práctica analítica de la mirada
y la práctica política e ideológica del discurso
encuentran nuevos modos de acción en las propuestas de colectivos
como Fast Food, o en los proyectos más recientes de Belén
Cueto, Marta de Gonzalo y Publio Pérez Prieto, entre otros.
La transformación del espacio urbano en la obra dirigida por Juan
Millares y Sylvia Molina Madrid y sus Navegantes, realizada en el marco
de la Facultad de Bellas Artes, o el proyecto de net art Referencias de
Ricardo Iglesias representan un conjunto de obras relacionadas con los
nuevos desiertos de lo real. Otras propuestas críticas como la
instalación interactiva de Concha Jerez y José Iges, titulada
Polyphemus Eyes, analizan la transformación de los ámbitos
públicos de la comunicación en espacios de control.
Las animaciones para salvapantallas planteadas por colectivos madrileños
como Libres para siempre u Operario de Ideas, o la construcción
de complejas arquitecturas relacionales de comunicación de Rafael
Lozano-Hemmer, forman parte de un panorama, en el que una emergente generación
de artistas de/en Madrid está ocupando e interviniendo en la red.
Como dice el colectivo La Fiambrera, buscamos articular nuevos sistemas
de mediación y estructuras comunes a la concepción de una
obra y de un cacho de vida (6).
En los años 90, el panorama internacional de exposiciones vuelve
a integrar el arte electrónico (ver las últimas ediciones
de la documenta de Kassel o las Bienales de la Habana, Venecia o el Whitney
Museum en NY). En consonancia con este panorama, el arte electrónico
encuentra también su lugar en los diversos ámbitos expositivos
de Madrid. De hecho, la aparición de vídeo instalaciones
en galerías y muestras colectivas de arte actual se vuelven cada
vez más frecuentes, siendo, no obstante, el MNCARS uno de los pocos
espacios museísticos con una programación periódica
de proyecciones de vídeo.
Sin embargo, la creación de nuevas macroestructuras expositivas
destinadas al arte nacional e internacional en Madrid, ha sido casi proporcionalmente
inversa a la construcción de infraestructuras para el arte contemporáneo
local. La posible creación de centros de investigación y
desarrollo, de recursos y de producción está estancada desde
hace quince años. Así lo resumía Darío Corbeira
en un reciente encuentro de AMAVI (Asociación Madrileña
de Artistas Visuales), diciendo que... tendríamos por tanto que
hablar de tiempo más que de espacios, pues en lo que al arte en
Madrid se refiere, el tiempo de los espacios expositivos, sus proyectos,
sus problemas y su dependencia financiera, parece un tiempo detenido.
Karin Ohlenschläger
Notas:
(*) Debido al corto plazo de tiempo disponible para la realización
del presente texto, lo que ha impedido el desarrollo del exhaustivo estudio
que requeriría el tema tratado, entiéndase éste como
un mero apunte que señala una asignatura pendiente y necesaria.
Lamento la inevitable ausencia de algunos de los que son y no han sido
incluidos por las razones antes citadas.
1. Cynthia Goodman: Digital Visions-Computer and Art (Abrams Everson
Museum of Art, Syracuse, 1987).
2. Florentino Briones: Generación Automática de Formas Plásticas,
catálogo de la exposición Formas Computables, Ateneo de
Madrid, 1971.
3. Antoni Muntadas: Híbridos, Centro de Arte Reina Sofía,
Madrid, 1988.
4. Paul Virilio: El Cibermundo, la Política de lo Peor, ed.Cátedra,
1999.
5. El vídeo de creación en España, edición
monográfica de la revista Cinevideo 20, Madrid 1992.
6. www.sindominio.net/fiambrera
7. Inventario nº 7, revista para el arte, AMAVI, Madrid 2001.
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