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La dimensión social de la técnica es su propia definición. El desarrollo
y proliferación de las nuevas máquinas informacionales ha hecho aún más
explícita esa dependencia inmediata, interna e inherente a cualquier concepción
de máquina técnica. Si una máquina técnica lo es sólo como máquina social[1]
es imposible desligarla, como propusiera Deleuze, del sistema social que
ella misma presupone y que, en última instancia, es el que únicamente
podría ser definido como maquínico[2]. Un ejercicio, en definitiva, del deseo como
funcionamiento (la máquina misma es el deseo).
Las nuevas máquinas con las que participamos
de las nuevas redes de telecomunicación son productoras de constantes
dependencias y de nuevos ensamblajes, de estrechas asociaciones. Frente
a la antigua relación basada en el uso, en el cuidado y administración
de la acción de la máquina, en su manejo, los principios que se ponen
en marcha hoy establecen una relación ser humano-máquina basada en una
comunicación interna y mutua. Se trata de sistemas en donde ambos elementos
pertenecen a una misma lógica, al contrario de lo que acontecía en el
pasado, donde uno respondía a la lógica del subyugado y la otra a la
de la subyugación. Ahora se entrelazan por una peculiar forma de coexistencia
lineal. Pasamos de ser los agentes al cuidado de su acción a convertirnos
en partes constituyentes intrínsecas de ella. Lejos de depender su funcionamiento
de los principios de la producción ahora entran en juego agregados y
procesos de normalización y modulación, basados en transformaciones
e intercambios de información.
También medios más antiguos como la televisión
han sabido muy bien hacer que sus espectadores no sean ya sus consumidores
o usuarios, sino el espacio de su propia existencia, engranajes exentos
donde producirse. Los medios no son más elementos de uso, sino que integran
ahora las propias estructuras del habitar y de la producción de significados.
La tecnología no colabora en la acción del vivir sino que es ahora el
lugar donde ésta se desarrolla.
Para Deleuze el hecho de que la máquina técnica presuponga un ensamblaje
social maquínico introducía otro punto de extrema importancia: el ensamblaje
maquínico del deseo es también el ensamblaje colectivo de la enunciación.
De ahí que aunque el enunciado pueda ser uno de sumisión o de protesta,
siempre forma parte de la máquina[3].
Hoy los procesos de emisión, trasmisión,
distribución y recepción de información pertenecen todos a un mismo
ensamblaje, que induce a nuevas prácticas de deseo, percepción y movimiento.
Quizá en la evolución de esta consigna esté la razón de que en nuestros
días, como hemos visto durante los últimos meses, parezcan tomar cuerpo
algunas de las más duras profecías de Virilio: los fallos técnicos pueden
ya sustituir los errores propios del proyecto político y económico.
Frente a aquella investigación de los
marcos, de los lugares que contienen la práctica artística como discurso,
tan característica de las manifestaciones artísticas más radicales de
las décadas de los setenta y ochenta, la creación artística que toma
internet como su ámbito de producción reconoce la disolución en ella
de todas las relaciones contextuales. Medio escasamente reflexivo, las
relaciones que produce son siempre de arrastre. De ahí que la tarea
pendiente para el net.art sea un necesario proceso de conversión en
tema del proceso medial mismo, romper los ensamblajes que nos unen a
él, generando conciencia crítica de algo que es mucho más que un medio
de transmisión, a través, precisamente, de constituirlo como actividad.
La creación
artística tiene de esta forma la responsabilidad de hacer reflexivo
el medio, de definirlo socialmente, aceptando ya que la única vía efectiva
de transformación social es la proliferación de las líneas de resistencia
a las formas existentes de poder, más que buscar su imposible derrocamiento.
Bien parece haber valorado el net.art la disposición que debe ahora
organizar la resistencia, que sólo puede ser ya ejercida desde dentro,
empleando los mismos mecanismos y escenarios en los que el propio sistema
se desarrolla.
Al igual que para Gadamer un individuo está siempre en ese acto de despliegue
del ser que implica la comprensión de los otros, las prácticas artísticas
desarrolladas en los nuevos medios deberían ser, ante todo, investigación
de las otras prácticas sociales que en ellos se desarrollan. Propuesta
surgida de la necesaria creencia en que las prácticas artísticas son
las más capacitadas para integrar en nuestra cultura las nuevas tecnologías,
para calibrar la dimensión auténtica del campo de sus posibilidades
sociales. La concepción de la memoria como memoria fílmica, tal
y como fue enunciada por Jean-Luc Godard en sus Histoire(s) du Cinéma,
es aquí ejemplo fundacional.
Creación artística la propia del net.art que se reclama más allá de la
producción de significados dañados, perdidos o improbables en la sociedad
del consumo, deslizándose subrepticiamente hacia una labor de análisis
y crítica de los procesos de inclusión del sujeto en la sociedad de
los medios, de su modificación y adaptación permanente a la temporalidad
inestable que la caracteriza como sistema organizado.
Nunca fue tan propio del net.art la creación de obras, como el análisis
de las condiciones sociales de su experiencia. Una extrema dificultad
desde la que el propio net.art se genera, y desde la que se justifica
como práctica no caduca, dado que su tiempo es el interminable de la
disconformidad y la disensión.
Creación artística en las redes como descubrimiento de las operaciones
latentes tras ese enaltecimiento de los detalles intensivos propios
de la publicidad y el consumo, destellos de seducción y placer que ocultan
los procederes de las pequeñas pero constantes operaciones que mueven
los grandes funcionamientos sociales y de la producción.
Son los detalles del mundo y de los discursos y no su extensión dinámica
lo que ahora nos convence. No podía ser de otra manera, si nuestro espacio
de vida es ya uno donde se da un cierto carácter irreparable de las
acciones insignificantes[4]. Un mundo que se agota y reproduce a diario a
través de una perpetua implicación en lo mínimo y en los detalles, en
la que, cumpliendo con la premonición baudrillardiana, toda la energía
de la cultura se implica en cada instante en uno sólo de sus objetos,
en uno sólo de sus rasgos o detalles[5]. Problema de escalas que convierte
a lo real en un ente indeseable. Virtualización creciente de las relaciones
sociales y de la comunicación, que, sin embargo, ya no tiene tanto que
ver con la producción de simulacros como con la de falsas atribuciones
que acarrean en todo momento el peso de su verdadera desaparición.
Espacio en el que se nos dispone en actitud de intérpretes de un espectáculo,
sin duda fascinante por intensivo, por el que claudicamos definitivamente
ante la complejidad (en detalles) de la experiencia. Es quizá éste un
nuevo shock de la memoria involuntaria, que trasporta
al pensamiento a los confines de una extraña duración siempre recurrente
e inestable. Sentir instantáneo de la experiencia, acompañado de una
profunda necesidad de justificar las formas de su continuidad, pero,
por supuesto plagado de lagunas, que produce los significados y la historia
como vacíos.
En la megalópolis mediática donde todo tiene lugar el poder debe ser analizado
como algo que circula. Los individuos, sin embargo, recordemos, no son
ya los puntos de aplicación del poder sino su vehículo[6].
Tiempo de lo trágico permanente, aquello que, sin embargo, “vivimos
como tal sin tener en cuenta contradicción alguna” [7] y que parece se conforma como definitivo esquema
del convivir. Como vaticinara Lyotard la economía política se convierte
en economía libidinal, en dinámica del deseo. El posicionamiento del
sujeto ahora es siempre periférico, rotatorio respecto a un centro habitado
tan sólo por la ansiedad y el placer.
Placer como el entregarse al funcionamiento tecnológico, un rendirse al
arrastre, como un engranaje más que se pone en rotación acompasada,
y que adquiere su punto más álgido dentro del fluir de lo medial. El
zapping por ejemplo, o el perderse en internet como entretenimiento
no es la acción de la fractura de la linealidad necesitada por el discurso,
sino la de su verdadera continuidad, el verdadero gesto de la desaparición
y de la renuncia al sentido, el definitivo gesto del abandonarse activo.
Es esa continuidad la que mejor permite la consecución de la deseada
indiferencia o de la detención del pensar, con su correspondiente dinámica
(el movimiento no sigue ninguna particular trayectoria, no persigue
ninguna negociación), y que, en su conjunto, constituye, seguramente,
la más alienante modalidad de expectación.
En este contexto nacen nuevas formas de administración de la identidad.
Precisamente, de manera especialmente intensa durante los últimos años
se ha visto la red como espacio de su redefinición. Concepto relacional
por excelencia, se convierte en muchas de las propuestas de net.art
no sólo en objeto de reflexión o de crítica (como generalmente sucedía
en el arte feminista, por ejemplo, de un década atrás) sino, sobre todo,
en una forma de actividad, de producción simbólica. Hacer identidad,
ensayar identidad (siempre bajo un cierto matiz de juego, de experimentación
accidental y lucrativa) ocupa a muchos de los artistas que operan hoy
en la red. Las identidades generadas, por supuesto, son siempre blandas,
cuerpos de reflexión de lo múltiple y de lo colectivo. Quizá podamos,
incluso, proferir sobre ellas su existencia en la red como textos
límite. En realidad los desarrollos de la percepción del mundo y
de nosotros mismos corresponden ahora más a los propios objetos de la
tecnología. Se anticipa una nueva forma de identificación generada por
su propia capacidad de observarnos y definirnos, por la dependencia
de ella como espacio, escenario, de nuestro actuar.
En innumerables ocasiones se ha querido ver la interactividad como el
principio fundamental de la definición social de los nuevos medios.
Forzada reactivación de las olvidadas nociones de la participación de
la audiencia tras el imprevisible despliegue de la microinformática
en el espacio doméstico. Desde el campo de la industria se presenta
como el término definidor de las nuevas relaciones entre tecnología
y audiencia-consumidor queriendo que se considere como un vehículo democratizador,
como el auténtico vehículo democratizador.
Una reactivación del concepto de interactividad
que no deja de suscitar profundas reticencias. Incluso se ha visto el
fenómeno del arte electrónico interactivo como un cambio de la representación
a la manipulación. Manipulación envuelta, sin embargo, en lo reconfortante
de términos como interacción, o comunicación, mediante los que se sometería
a la audiencia, bajo la seducción de la experiencia del futuro, a seguir
unas pocas opciones, en un pseudo-interactivo juego que Alexei Shulgin
considera basado en un banal deseo de poder del artista sobre la audiencia[8]
y no como práctica abierta de colaboración en la producción de sentido.
De forma creciente, la interactividad
se convierte en sistema de virtualidad, en una política del efecto.
La participación del público en los programas de la televisión o su
simple presencia como espectadores podrían ser incluidos dentro de esta
línea de actuación propia de los mass media. Una cuestión de
falta de perspectiva, de distancia cero respecto a la escenificación
en la que se nos obliga a sumergirnos para participar, incapaces, por
tanto, de adquirir un distanciamiento crítico de la situación de la
que el espectador forma parte integrante. Por ello, la interactividad,
la participación, serían hoy, al menos desde la óptica de los medios
de comunicación, una retórica. Recordemos que la misión de toda retórica
no es determinar una verdad intersubjetiva, sino conseguir apoyo para
un sistema particular de valores.
Uno de los rasgos más característicos de la perspectiva social de los
nuevos medios es que sus formas de colectividad están basadas casi de
manera exclusiva en una experiencia de conexión, de constante ensamblaje.
Una tendencia que procura generar la necesidad de conectar todo con
todo, como principio primero de actuación. Propuestas de conexión absoluta,
mediante las que se pretende un mundo de socialización transparente,
en la que toda intimidad es transgredida, puesto que toda intimidad
es registrada y archivada en su totalidad y de la misma forma. De ahí
que se critique a internet como un nuevo panóptico que guardaría muchas
de las peores formas de transgresión de la intimidad que se daban cita
en las sociedades comunistas y en los modos de concebir sus formas de
habitar, apartamentos compartidos, casas comunales, etc. Una pérdida
de la intimidad que se acompaña también de nuevas formas de censura,
administradas a través de la saturación, en la que la máxima posibilidad
de hablar se corresponde con una ausencia de capacidad y tiempo para
la escucha.
Precisamente los intentos de producir una voz de crítica y denuncia política
que sea realmente escuchada en la red es el motor central de una nutrida
vía de activismo político on line. De demostrada eficacia, como
se pudo comprobar sobre todo durante el apoyo de numerosos activistas
a la causa zapatista en 1997, se trata de prácticas orientadas a potenciar
las posibilidades ofrecidas por internet para subsanar y cubrir las
graves carencias de información propias de los medios de comunicación
de masas. Estas iniciativas rechazan la característica privación y manipulación
de la información de la televisión y la prensa, tratando de crear espacios
para la denuncia social y política sin restricciones ni censuras, mediante
listas de correo y foros de debate en la red, promoviendo un pensamiento
crítico que difícilmente podría tener otro tipo de difusión.
De gran importancia son aquellas prácticas que tratan de hacer de internet
un medio útil para la organización y coordinación de actividades políticamente
comprometidas en distintos campos, permitiendo una estrecha colaboración
entre personas y grupos activistas independientemente de su situación
geográfica. Estrechamente relacionado con ellas estaría el grupo de
actividades que han adoptado una estrategia basada en la actuación sobre
el funcionamiento de la propia red internet, mediante la apropiación
directa de los lugares que articulan el propio medio. Entre ellas destaca
especialmente el conjunto de actividades que podemos incluir dentro
del campo de acción del llamado Hacktivismo.
Planteamientos que son en gran medida resultado de una compleja tarea
de aplicación de tácticas de actuación activista callejera al mundo
de internet, de las que la llamada “sentada virtual” sería, seguramente,
el ejemplo más explícito. Una acción orientada a interrumpir el tráfico
de la red, a detener temporalmente el acceso a los websites elegidos
como diana, a bloquear su funcionamiento o ralentizarlo. Actuaciones,
que, sin embargo, sólo en raras ocasiones tienden a la eliminación de
datos. De hecho, en la cultura de los medios, lo catastrófico para el
sistema no es la pérdida de información o su fuga, sino su interrupción.
Es posible que, con muchas
de estas acciones activistas, el arte asuma la misión de denunciar el
temor y los peligros de la sociedad provocando el miedo. Sin embargo,
“esto no es ciber-terrorismo”, insistía Carmin Karasic, el ingeniero
de software que diseñó el programa Floodnet (herramienta empleada
para una de las sentadas virtuales más conocidas y efectivas), “es más
bien arte conceptual”[9].
De hecho, Ricardo Domínguez y el Electronic Disturbance Theater, por
ejemplo, denominan su net-protesta como performance art en internet.
Una estética que trata de ser, ante todo, un modelo de práctica social,
de resistencia crítica dentro de la red. Acusadas en numerosas ocasiones,
sin embargo, de no consultar la opinión de los grupos a los que pretenden
ayudar y de suponer una forma más de intervencionismo político de los
países indutrializados sobre los no desarrollados, su mayor capacidad
de acción parece centrarse en la apertura y redefinición del concepto
de interacción social en la red. Con ellas éste se extiende más allá
de los principios de “habituación”, “intercambio” e “instrumentalidad”
propios de su lógica comercial. Interacción social como verdadera acción
colectiva que pretende hacer visible como efecto de bloqueo lo que generalmente
queda oculto en internet, es decir, la experiencia del espacio compartido,
de la presencia de otros en los entornos remotos de las redes.
Un clima intenso de confusión
el que estas prácticas generan, que no es sino el propio de una estética
de relativización inmediata de la premisa de veracidad de los contenidos
en internet y de la credibilidad de sus formas de organización y funcionamiento.
Por ello, lejos de estar limitada la acción de las actividades activistas
on line a la detención o sustitución de la información, sus efectos
se desplazan al trasfondo de la experiencia vivencial y psicológica
de la red, generando un estado de incertidumbre, escepticismo y desconfianza.
Pensar el medio, analizar el espacio de las redes y sus políticas, apropiarse
de él, modificar sus lugares, significa invertir los roles de actuación
tradicionales de la práctica artística y de sus sistemas de mediación,
desmantelar las relaciones de significado, los órdenes que constituyen
la autoridad.
El net.art por tanto, no puede ser entendido como algo a lo que se accede
a través de internet, que es presentado en internet o que internet contiene,
sino como algo que contiene a internet, que la estudia, indica y presenta.
Su estrategia central tendría, en este sentido, una estrecha relación
con la estrategia de invaginación derridiana: Contener el espacio
en vez de ser contenido por él, apropiarse del espacio en vez de ser
presentado por él. En vez de crear un espectáculo que comenta las condiciones
sociales lo que hace el net.art más crítico es exponer el espacio social
de las redes en sí mismo como espectáculo, interviniendo el lenguaje
de sus lugares y procesos, haciendo obvios los modos en los que se articulan
los sistemas de producción y circulación de significados y las formas
en los que éstos administran las prácticas de poder.
Sin embargo, es posible que la propuesta social más ambiciosa y compleja
del net.art no parta de una intención de crítica o de denuncia explícita
sino de la creencia en que es posible solucionar los problemas de la
sociedad a través de una comunicación pública diferente. Se trataría
de promover una vía en la que la experiencia estética pudiera convertirse
en un modelo de conducta comunicativa. Conseguir que la comunicación
sea algo más que un mero efecto. Apreciar las posibilidades de la ingente
liberación de la comunicación tanto a nivel técnico como político de
cara a abrir camino a una efectiva experiencia de la individualidad
como multiplicidad. Entendida ésta como una equivalencia entre subjetividad
y colectividad sólo podría manifestarse en práctica de acompañamiento
y diálogo, principio fundacional de muchas de las más interesantes propuestas
de net.art y, por supuesto, de las famosas y ya legendarias comunidades
virtuales de artistas.
Este replanteamiento del concepto de comunicación está vinculado a una
cierta ontología del declinar, a esa íntima exigencia que implica un
necesario replanteamiento del sujeto, que sólo es en cuanto se da, en
cuanto que acontece como lenguaje. Seguramente lo que la creación digital
más preocupada por esa definición social de los medios presenta es esa
dificultad enorme del sujeto del darse al mundo como lenguaje, de aprovechar
esa nueva oportunidad de creación de comunidad que parecen proveer las
nuevas redes de comunicación. Es difícil pero necesario, desde luego,
dejar de pensar el ser humano como realidad cerrada, como sujeto fuerte,
como estadio previo a la comunicación, no como la fuente de donde emana
el lenguaje, sino más bien al contrario, como algo que brota y nace
de él. Partir de la aceptación de que poco a poco el lenguaje ha ido
ocupando, quizá ya para siempre, el espacio del sentido. Esta concepción
del sujeto como un darse al otro en el acto de la comunicación y el
diálogo, de producirse en el acto de comunicativo nos sugiere, sin embargo,
un nuevo y tormentoso interrogante: ya no sabemos si es tarea del corazón
o de la crítica pensar socialmente.
Pero si el concepto más extendido de interactividad
es una retórica, también lo es, seguramente, la fascinación por la ampliación
de las audiencias que siempre han prometido los nuevos medios de comunicación
y sus instrumentos. Una fascinación que mucho tiene que ver con la que
sentían los futuristas por el enorme poder de efecto que éstas tienen
sobre las masas. Ésta debía convertirse en una instancia positiva, darse
la vuelta, ser invertida. Es en este intento donde debemos enmarcar
la propuesta de Brecht de 1932: “cambiar este aparato (la radio) de
la distribución a la comunicación”. Una propuesta que, en cierto sentido,
podemos considerar un punto de referencia esencial para muchas de las
manifestaciones artísticas en la actualidad.
Crear en la red o a través de ella entornos
de intercambio de opinión y lenguaje, de producción de comunidad como
ámbitos para la movilización social, de nuevos medios, es una práctica
que puede ser considerada como propia de lo implícito en el recurrente
término Tactical Media. Propuesta que ha ido tomando cuerpo en
todos aquellos proyectos derivados de la llamada “ideología californiana”
de los noventa del 'Wired' magazine, o de las premisas de partida
de las ciudades digitales internacionales creadas desde 1994 en adelante,
primero en Amsterdam y luego en otras ciudades europeas. Iniciativas
dentro de las que las comunidades on line de artistas son, desde
luego, sus ejemplos más radicales. Ellas combinan la idea del arte con
la idea de la comunidad, haciendo explícita su premisa en cada momento:
la interpretación debe ser una actividad producida colectivamente.
Como punto de partida subyace la creencia
en que es posible solucionar los problemas de la sociedad a través de
una comunicación pública diferente. De esta manera, se trataría de sustituir
la interacción ser humano–máquina por una interacción ser humano-máquina-ser
humano contradiciendo la propuesta desarrollada por Alan Turing por
ejemplo, la más generalizada también en el mundo de la ciencia ficción
y quizá también en el arte electrónico de menor interés, en la que se
insiste una y otra vez en proponer una reflexión –no carente de cierto
regocijo- sobre la llegada de una inevitable indiferenciación entre
seres humanos y máquinas.
En cualquier caso, más que en los intentos de producción de un ámbito
diferencial de encuentro y comunicación, de modificación de las pautas
relacionales propias de internet, donde la producción artística en la
red parece jugar su baza más compleja es en la reconfiguración misma
de las prácticas de lenguaje. Con ella lo que procura es, ante todo,
revelar la heterogeneidad formal y temática de la red como una fundamentalmente
social.
Frente a los sistemas de lenguaje dominantes en internet basados en la
eficacia, el mejor net art, y desde luego que no sólo el más explícito
activismo político, es siempre metáfora de la transmisión, de la distribución,
de la diseminación de los significados, de las intenciones de significación.
Desde luego que la experiencia de la red no es la de la fragmentacíon,
sino la de la proliferación espontánea de lo múltiple. El net.art, de
esta forma, debe ser planteado como disolución de los entramados sintagmáticos
en función de la libre circulación de las estructuras y mecanismos asociativos.
Es en él, además, donde se produce un mayor acercamiento entre las dos
dimensiones tradicionales de una obra: esa según la cual se extienden
simultáneamente el total de los estratos y la otra, por la que las partes
se suceden unas a otras[10]. Una indiferenciación de ambas,
característica de las prácticas más comunes del net.art, que trata de
generar una nueva conciencia social del tiempo y el espacio.
Sólo desde estas premisas podemos explicarnos porqué la caracterización
del arte en la red suele estar referida, por un lado, a la explotación
de las extensiones de las variables de los términos, a la proliferación
de las series y las repeticiones infinitas, y, por otro, a la disyunción
como alternatividad excesiva de las posibilidades y los envíos. Recordemos
que en las redes telemáticas el valor social del signo sólo puede estár
en su “valor de deriva”[11],
en el deambular constante de los lenguajes.
Partamos, sin embargo, del hecho de que
siempre todo acto de lectura fue interactivo, que siempre hubo participación
activa del espectador en la concreción de todo texto, recreación en
cada acto de lectura. En efecto, la imagen del receptor forma parte
siempre del código del emisor; el código no existe, pues, en sí mismo,
sino gracias a su manifestación en el discurso, es decir, que no hay
obra sin receptor. Por tanto, lo que todavía queda pendiente de analisis
es cómo los medios digitales son capaces de redefinir las condiciones
de la lectura. Ver cuáles son las nuevas aportaciones en los procesos
de concreción de la obra por parte del espectador, valorar la dimensión
social de este proceso.
Si aceptamos la propuesta de Gadamer que
afirmaba que el texto es la respuesta a una pregunta (dicho de otra
manera, solo percibo en un texto aquello que tiene algo que ver conmigo),
nos veremos en la obligación de determinar que respecto a la creación
en la red, lo que tienen en común obra y receptor es, sobre todo y en
primer lugar, el medio que los transmite. De esta forma, los modos y
sistemas de espacialización de la red no afectan exclusivamente a sus
contenidos sino, sobre todo, al propio sujeto que accede a ella. De
hecho, estar conectado a la red no parece significar tanto estar inmerso
en ella sino más bien “estar distribuido”, algo que sucede porque, como
afirmara Druckery, en la red percepción e información aparecen siempre
unificadas.
Distribución del sujeto en el entramado
de la web que es lo que realmente define la nueva posición del
participante en el ciberespacio. Una posición que contradice, además,
la antigua descripción de esta posición del sujeto como de inmersión,
como aparecía, por ejemplo, en el pionero manifiesto de Nicolas Schöffer
The Future of Art de 1968. Por tanto, la labor de la obra de
arte electrónica no debiera ser tanto el estudio de las posibilidades
sociales de un medio como la reflexión crítica de nuestras acciones
en él.
Una experiencia de lectura la propia del
net.art en la que el lenguaje es reducido, generalmente, a los engranajes
de su mutabilidad. Retorna el aforismo, el truismo, desmembrados. De
hecho, los passwords, los índices, los directorios de contenidos,
tan propios de la lógica exhaustiva de internet, son entidades constituidas
sobre la especificidad solipsista de la palabra, que ejemplifica la
primacía de ésta por delante de la estructura gramatical, convirtiéndola
en el principio rector del orden. Uno, por supuesto, débilmente constituido
y dependiente siempre del carácter incompleto de cada acto de búsqueda,
encuentro y lectura, siempre implicado, por supuesto, en visiones periféricas,
en asociaciones casuales sin correspondencia, pero integrantes del propio
proceso.
La lectura que exige la obra de net.art
es una práctica de relacionalidad constante, siempre inconclusa. Una
propuesta que compartiría bastantes elementos con la différance
derridiana: el significado como producto de diferencias, siempre diferido
en el tiempo. De hecho, la actividad de su interpretación siempre depende
de una actividad constante de reconfiguración de los momentos de acceso
a los datos que la componen. Un movimiento constante entre cada uno
de los términos, donde objeto y atribuciones responden a una relación
de absoluta movilidad, de intercambio, de modificación a distancia.
Esta estética se caracterizaría por un fundamento de heterogeneidades,
de diferencias, de inestabilidades, de discontinuidades, de arrastres.
Un nuevo concepto de lo yuxtapuesto que pone fin a toda temporalidad
perspectivista.
La red como
un espacio de compartimentos inconexos, no por carecer de posibilidades
de enlace, siempre presentes y ofrecidas, sino por su carácter incombinable.
Un entorno que sólo podemos concebir en términos de distancia[12].
Espacio por excelencia para el desarrollo de alegorías horizontales,
que procuran promover vías que permitan transferir las regiones de la
memoria en términos espaciales antes que históricos. Conseguir el desarrollo
y activación de una vía de interpretación capaz de explicar la formación
de un nuevo modelo espacial de procesos de subjetivación, define, indudablemente,
muchas de las intenciones del net.art. Un modelo de imaginación espacial
no sólo como método, como forma de lectura, sino como actividad de producción.
Parece preciso rechazar cualquier orientación interdisciplinar
o sintética del todo, sólo así internet, como medio en sí misma, puede
ser concebida como un distintivo modo de “producción del espacio”. Por
ello la experiencia del net.art no puede ser entendida como coexistencia
de sentidos, como se podría inferir de su definición como obra “multimedia”
sino, como propondría Barthes acerca del texto, como paso, travesía:
lejos de depender de una interpretación se fundamentaría en "la
pluralidad estereográfica de los significantes que lo tejen"[13].
Se trata de comprender los intercambios simbólicos y económicos como sistema
de redes, sustituyendo al concepto y práctica de actuación social y
estética basada en el tiempo. Consiste en la intensificación de la atención
a la disposición espacial del conocimiento, de los datos, inducida por
la presión del desarrollo de los nuevos dispositivos técnicos de archivación,
reproducción y contacto, que han acompañado el despliegue último de
la cultura de las telecomunicaciones.
Desde estas premisas, los modos y maneras
en los que se organiza la dimensión espacial de la red deben constituirse
en los nuevos elementos de estudio, sustituyendo progresivamente las
todavía más frecuentes propuestas de análisis que se concentran en los
contenidos de la red o en las relaciones de falsa interactividad o inmersión
que en ella se producen. Recordemos que, según Foucault, la “arqueología”
del conocimiento debía recorrer el acontecimiento según su disposición
se manifiesta. Una propuesta nítida y efectiva, protagonista primera
en muchas de las obras de net.art, que se fundamenta en el análisis
del conocimiento en términos espaciales (lugar, dominio) y dinámicos
(desplazamientos, trasposiciones). La conclusión que se trata de extraer
es la naturaleza de los procesos mediante los que éstos se articulan
como ejercicios de poder. Desde ahí, entender la naturaleza de las pautas
de su extensión y diseminación, concebida ésta siempre como ocultación
dinámica, y por ello, profundamente eficaz, de sus efectos.
El arte más preocupado por las relaciones
entre hecho artístico y receptor, de la dimensión social de su propia
producción, y seguramente el más crítico de las décadas anteriores,
estaba basado fundamentalemente en evidenciar los múltiples marcos dentro
de los que la obra de arte es contenida. En todas las vías apropiacionistas
e intervencionistas de los setenta y ochenta, se señalaba el espacio,
soporte o marco que acogía la obra, su espacio institucional, que en
todo momento dejaba de estar asumido técnica e ideológicamente como
transparente, es decir, invisible al tiempo que considerado como condición
de visibilidad. Este desplazamiento de la obra al marco trataba de volver
a presentar las obras, reenmarcarlas, desplazar la observación del espectador
hacia el marco y la pared del museo. El cambio de pauta era obligado,
sin embargo, con la llegada de los nuevos medios de distribución y difusión
de las prácticas culturales y artísticas. El problema del marco deja
de tener verdadero sentido ahora pues los nuevos medios telemáticos
están generalmente caracterizados por la tendencia a la disolución de
éste, bien sea a través de las prácticas de inmersión (en las instalaciones
de realidad virtual por ejemplo) o a través de las de ubicuidad simultánea
propias de internet.
De esta forma, la teoría de los nuevos medios sólo puede ser un teoría
del desplazamiento, una dinámica, estudio y comprensión de las migraciones
de lenguaje, de los envíos, de los continuos procesos de traducción
medial.
De hecho, y a pesar de lo que pudiera parecernos, la actividad del pensar
hoy no es ya la creación de juicios sintéticos. Es más bien, como proponían
Deleuze y Guattari en su definición del propio concepto de lo filosófico,
como un sintetizador de pensamientos, que sirve para hacer viajar el
pensamiento, hacerlo móvil (de igual modo que el sintetizador electrónico
hace viajar al sonido)[14], una práctica de ensamblaje, de distribución
de microintervalos. Por ello, toda experiencia estética en la red parece
estar vinculada a una constante práctica de distribución, desplazamiento,
envío, transmisión. Relación estrecha, por tanto, la de los medios electrónicos
con prácticas de extensión y proliferación. De hecho, la función de
la obra de arte digital parece ser la de una práctica empeñada en hacer
oscilar los discursos, de forma constante y en continua aceleración,
no buscando su negación, sino su descarrilamiento.
No en vano, las manifestaciones artísticas
a las que más les debe nuestro presente, remitían, al igual que sucedía
en el museo portátil de Duchamp, a la idea de transporte, envío, destino,
trayecto. El envío de constantes cartas, acción que conformaba uno de
los elementos esenciales de aquel Musée d’Art Moderne Département
des Aigles de Broodthaers, servía para introducir en el envío la
movilidad de la palabra, la no fijación del sentido. Obras también las
del net.art centradas en la tecnología de la diseminación y sus formas,
que, pretendiendo la captación de las nuevas leyes de la sustitución
y del desplazamiento intentan escapar de las articulaciones de la cadena
del significante creada por el discurso.
De ahí lo que justifica la
constante reflexión de muchas de las propuestas del arte en la red sobre
el concepto y funcionamiento del navegador de internet, incluso sobre
la concepción de la obra de net.art como navegador de internet en sí
misma. La búsqueda de la producción de una obra que se genera justamente
en el momento de su transmisión (la obra no es sino que se transmite).
Poéticas, por tanto, del envío y del desvío, de la dispersión. Inorganicidad
de la obra siempre como extranjería. Definición como rastreo aproximativo,
como diseminación de los lenguajes.
Quizá por ello incluso podamos afirmar
que la interactividad queda descubierta, no como la posibilidad de alterar
el espectro de los significados, de formar parte integrante de ellos,
sino de participar en la conversión del lenguaje en lugar, en espacio,
en itinerario. La alternativa es siempre una espacial, tiene que ver
con el despliegue del territorio. Entendamos desde ella la verdadera
interactividad como práctica del desplazamiento, opuesta a ese trampantojo
navegacional de falsa apertura, al que estamos acostumbrados en muchas
de las obras de net.art. No olvidemos que el lenguaje se despliega ahora
como un juego que va más alla de sus reglas, pasando así al exterior,
identificándose, como propone Foucault respecto a la escritura, con
su propia exterioridad desplegada.
Un proceso
que se desarrolla, sin embargo, mediante un desvelamiento de las convenciones
y recursos utilizados, como el juego de la visión del cristal duchampiano,
en donde formaciones indeseables o máquinas solteras permanecían ocultas
tras un espacio transparente. Un desvelamiento que procura que el mejor
net.art sea siempre el desapego del artificio.
No es extraño, por todo ello, que mucho del arte electrónico de los últimos
años sea, en última instancia, una infinita lucha por mostrar lo evidente,
por manifestar lo obvio, por volver a situarnos ante la obscenidad de
la evidencia absoluta. De hecho, y como propusiera Baudrillard, frente
a la ineficaz oposición directa al poder se hace necesaria una actividad
de desplazamiento, la de llevarle a ocupar la posición obscena de la
verdad, la posición obscena de la evidencia absoluta (“es allí donde
confundiéndose con lo real, cae en lo imaginario; es ahí donde ya no
existe, por haber violado su propio secreto”[15]).
Pensamiento social hoy como intervención artística en las redes que conforman
las prácticas de producción y placer, siglas del dominio inevitable
de lo virtual o de lo posible. La crítica lanzada lo es a los medios
de producción del significado que en ellas operan, a sus políticas,
a sus exclusiones, a sus contradicciones insolubles que se concilian
en el acontecer de sus funcionamientos. Net.art como el intento de acabar
con la imposición de significados y con la creación de dependencias
que organizan la red, que la nutren y la mantienen, tratando de romper
los ensamblajes que nos unen a ella, que nos hacen conformarla de forma
no consciente. Quizá, no obstante, sólo se trate de deshacernos de los
influjos del fascinante poder de la indiferencia. Su capacidad de actuación
crítica, sin embargo, no es la investigación de los significados proyectados
por la red, sino el estudio de las condiciones que permiten su construcción.
El net.art como el proceso de comprensión de esas circunstancias.
[1] Gilles Deleuze, “What is an Assemblage?”, en Kafka:Towards
a Minor Literature, University of Minnesota Press, 1986, p. 81.
[4] Alessandro Dal Lago, "La ética de la debilidad, Simone Weil
y el nihilismo" en El Pensamiento débil, Cátedra, Madrid
1990. p. 133.
[5] Jean Baudrillard, Las Estrategias fatales, Anagrama, Barcelona,
1994, p. 126.
[6] Michel Foucault, en C. Gordon (ed.), Michel Foucault: Power/Knowledge,
Harvester Press, Brighton, 1980. p. 98.
[7] M. Maffesoli, “La socialidad en la postmodernidad”, en En
Torno a la Postmodernidad, Antropos, Barcelona, 1991, p. 107.
[8] Alexei Shulgin, “Art, power and Communication”,
en Rhizome digest, 8 de octubre de 1996, (http://www.rhizome.com).
[9] Citado por Amy Harmon en “Hacktivists' of All Persuasions Take
Their Struggle to the Web”, The New York Times, 31,de octubre
de 1998.
[10] Véase Roman Ingarden, “Concreción y reconstrucción”,
en Rainer Warning (ed.), Estética de la recepción, Visor, Madrid
1989, p. 35.
[11] José Luis Brea, “Net.art: (no)arte, en
una zona temporalmente autónoma” ,en Aleph, (www.aleph-arts.org).
[12] Fredric Jameson propone esta idea refiriéndose
a la naturaleza de la propia percepción postmoderna, en “Proyecciones
Postmodernas”, Teoría de la Postmodernidad, Trotta, Madrid, 1996,
p. 295
[13] Roland Barthes, “De la obra al texto”, en El
susurro de la lengua, Paidós comunicación, Barcelona, 1994, p. 77.
[14] Gilles Deleuze y Félix Guattari, “Del ritornello”,
en Mil mesetas, Pre-Textos, Valencia 1994, p. 347.
[15] Jean Baudrillard, Las estrategias fatales,
cit. p. 84.
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